sábado, 3 de noviembre de 2007

manfred antes de morir





Manfred es como un moderno Robinsón Crusoe, que vive los duros inviernos atlánticos protegido únicamente con un taparrabos. ¿la causa? dicen que el desamor.
Loco, bohemio, soñador, extravagante... cada uno describe de manera diferente a este extraño personaje. Manfred, indiferente, lo único que quiere es vivir tranquilo en armonía con la naturaleza. Y ha elegido un paraje poblado por incontables tragedias marítimas: la Costa da Morte.

La pequeña aldea de Camelle es visitada por miles de personas que desean conocer a este singular germano. Manfred se ha convertido en el principal atractivo turístico de esta remota aldea costera.
Manfred irradia misterio y misticismo. Su apariencia, alta y delgada, se refuerza con sus melenas, barbas y cuerpo semidesnudo. Aún conserva una esculpida figura que oculta su verdadera edad: 64 años.
En su "museo" al aire libre ha levantado un particular universo de figuras construidas con elementos atlánticos. Piedras, troncos, restos de naufragios o espinas de ballenas, sirven para formar esculturas enigmáticas y sugerentes.

Un microcosmos de fantasía y color en el que Manfred parece sentirse libre y protegido.
Al visitante le pide cien pesetas y que dibuje en una pequeña libreta un retrato del alemán y de su museo. En su pequeña choza repasa los miles de ilustraciones durante los fríos y lluviosos inviernos de esta zona. Dice que así conserva el alma de los que le fueron a ver.
Vegetariano desde hace décadas, come plantas y frutos del bosque. Los del pueblo se reían de él por comer ortigas, pero ahora se dan cuenta de que esta dieta le ha hecho envejecer de manera magnífica.
El alemán es uno de los últimos supervivientes de la vida bohemia de los años 60, época en la que cientos de centroeuropeos hipies se acercaron a Galicia. Cuando llegó a esta remota aldea era un elegante y atractivo joven que incluso iba a misa los domingos. El desamor de la maestra del pueblo le hizo encerrarse en su particular mundo de soledad y aislamiento.
La maestra buscaba en él solamente a un amigo con el que conversar temas literarios y culturales que no interesaban en un entorno marinero de gentes prácticamente analfabetas. Además, la joven ya tenía un novio con el que se iba a casar: un capitán de barco.
Cuentan los del pueblo que a partir del desengaño amoroso el germano enloqueció de rabia, sufrió un cambio de personalidad y se trasladó a vivir a los inhóspitos montes gallegos.
Al cabo de un tiempo, cuando pensaban que se había vuelto a su tierra, apareció de nuevo el alemán en el pueblo. Ya no era aquel elegante personaje que vestía de traje en la misa. Ahora iba desnudo, sucio, herido, mal nutrido e irreconocible por sus largas cabelleras y barbas.
Como quién ya cumplió una condena, se instaló en las rocas del puerto para vivir su particular calvario.
En el pueblo tienen claro que su apariencia esconde a un hombre muy culto, de buena familia y que ha tomado este camino por su propia iniciativa. También dicen que todo el dinero que recauda lo dona a diferentes instituciones benéficas.

No hay comentarios: