jueves, 19 de junio de 2008

miguel fernandez







Misterio, oscuridad, hermetismo, sentido críptico, barroquismo, universo iniciático: he aquí algunos de los términos que frecuentemente ha venido utilizando la crítica al referirse a la obra poética de Miguel Fernández (Melilla, 1931). Este hecho, puesto de manifiesto sucesivamente por sus comentaristas y estudiosos, nos ha propiciado la imagen de un poeta extraño, rodeado de un cierto halo de turbadora dificultad, que contagiaba, no obstante, con sus signos e inquietaba poderosamente con su mensaje. Es quizá ésta una visión algo distorsionada del escritor, pero no falsa del todo (1). En las palabras que el propio poeta emplea para hablar de sus versos flota ese aire siempre mistérico y, sobre todo, esa convicción enérgica que entiende el hecho creador como algo que linda con lo mágico, lo espiritual, lo inexplicable. De la experiencia humana, de la experiencia del vivir, de lo cotidiano y de los sueños extrae Miguel Fernández las consecuencias poéticas que su obra propone y las canaliza esencialmente a través de dos discursos diferenciados: uno de ellos tiende al verso largo en el que anida mejor lo narrativo, la evocación de los mundos perdidos y la celebración solemne. Es más visible en las primeras entregas del poeta y se tiñe a veces de cierto eco existencial y desencantado. El segundo propende hacia lo esencial, hacia lo metafísico y se caracteriza por la contención expresiva, el gusto por la abstracción y la tendencia consiguiente al verso y al poema más breves. Ese afán de depuración ha venido jalonando la evolución del poeta de forma más evidente a partir de Alentado celeste (2). Dos discursos, pues, que se alternan en una obra ya extensa recogida en su mayor parte en el volumen Poesía completa (1958-1980) (3), que apareció precedido de un prólogo de Guillermo Díaz-Plaja. Diez títulos poéticos a los que hay que sumar otros cinco —uno de ellos en prosa— publicados a lo largo de estos últimos años.
OBRA REUNIDA La amplitud de una propuesta lo suficientemente matizada en todo este tiempo y la originalidad de la misma le han valido no sólo reconocimientos importantes como el Premio Adonais (1966), el Premio Nacional de Literatura (1977), el Premio Internacional Ciudad de Melilla (1982) y más recientemente el San Juan de la Cruz (1991) entre otros, sino un puesto indiscutible dentro de esa nómina de autores que forman la promoción de los sesenta, a la que ha contribuido con su universo propio. Ciertamente en su obra se cumplen las características globales que diferencian a estos poetas de otras promociones precedentes: alejamiento del prosaísmo en el que se había sumido la poesía social; preocupación por el hombre en los términos que exponía Aleixandre en su Discurso de apertura del curso 1955 en el Instituto de España (4); práctica de la llamada poética de la experiencia; evocación nostálgica y crítica de la infancia difícil y, sobre todo, la búsqueda de un nuevo lenguaje que había de servir como instrumento para conocer el mundo…(5). Pero es importante destacar una circunstancia que concurre en Miguel Fernández y es el hecho de su condición de poeta aislado, de autor que escribe desde otro continente y en medio de una encrucijada de culturas que ha dejado huella evidente en su obra. Acaso desde aquí aporta su singularidad el escritor: la que incorpora las claves contemporáneas de una situación fronteriza. Su autodidactismo, por otra parte, le ha facilitado no sólo ejercer de manera natural las constantes que se señalaban como generacionales, sino afrontar de forma casi monográfica en muchos de sus libros una serie de claves temáticas precisas: me refiero al tratamiento en profundidad de algunos universales del pensamiento y del sentimiento tales como el amor, la muerte, la soledad, la lucha del artista contra el poder, el suicidio, lo sagrado, las creencias, la reflexión metapoética, etc., núcleos significativos a los que ha consagrado el autor títulos completos. Tal vez por eso se produce esa sensación de asistir a una serie de ciclos cerrados, de mundos organizados y presididos por una obsesión dominante, por un eje rector que da unidad a cada una de sus entregas. A esto contribuye también, qué duda cabe, el especial proceso de gestación de sus libros, que se producen en raptos de intensa creatividad a lo largo de pocas semanas, lo que confiere una atmósfera simbólica que conexiona sus componentes y evidencia, por tanto, la riqueza o la versatilidad de las variantes. De la meditación existencial al humanismo culturalista
REVISTA ALCÁNDARA Sobre lo que podríamos llamar la primera etapa de Miguel Fernández me ha ocupado más por extenso en otro lugar (6). Comprendería ésta, por un lado, el período inicial de su creación que habría que enmarcar en la década de los cincuenta, en la que el poeta compuso algunos poemarios que no vieron la luz como tales libros (Vigilia, Canción de lo inasible, Balada del sencillo amor), pero sí muestras espigadas de los mismos en diversas publicaciones de la época. También es este el tiempo en el que funda y dirige la revista Alcándara, corta pero intensa experiencia que fue abortada por la censura al ser tachada de “tendenciosa y procomunista”. Y por otro lado, su verdadera irrupción como autor, desde 1958 a 1969, años en los que se dan a la imprenta los tres primeros títulos de su obra: Credo de libertad (7), Sagrada materia (8), que obtuvo el Premio Adonais y que supuso su lanzamiento más en firme y Juicio final (9).
CREDO DE LIBERTAD He comentado en otros trabajos sobre el poeta la impresión que me produjo la lectura de su primer libro Credo de libertad, uno de los títulos más definitorios de aquella época que conserva, aún hoy en día, su poderosa novedad y aquella gravedad lujosa y sugeridora. He defendido que hay que entender esta obra como paradigma de esa nueva poética que pugnaba por romper con los moldes del realismo social y sus fórmulas estancas. Recordemos que en ese mismo año de 1958 en el que moría en su exilio Juan Ramón Jiménez, publicaban también Alfonso Sastre su manifiesto El social-realismo, un arte de urgencia y Claudio Rodríguez sus Conjuros. Con Credo de libertad ofrecía Miguel Fernández no sólo otro estilo que conectaba mejor con la nueva sensibilidad, sino otro mundo temático en el que se apreciaba la desazón del individuo en lucha contra el sistema, el rechazo de la mentira, el ansia, en definitiva, de libertad; una libertad que, por cierto, también fue mutilada en la cita previa de Paul Eluard que aparecía al frente de los versos. La sed como n metáfora global impregnaba esa nueva moral, esa nueva manera de meditar sobre la condición humana, en la que puede seguirse la auténtica contestación del autor a un estado de cosas que la adversa realidad imponía. Libro desolador éste, que dejaba abierto el camino para otras introspecciones de tintes existenciales; libro brutal por lo descarnado de confesiones y la carga de angustia que destila ante la lejanía o la evanescencia de las divinidades confidentes:
Estamos siempre solosbajo estas guerras suspendidas por el norte y el este,por el sur y el cautiverio,por el oeste de afiladas montañasy a Ti llegamos, comoesos ciervos perdidos en un bosque inconcretosin poder gritar, porque las lianasse enredan a la voz del que pide el camino. (10)
SAGRADA MATERIA Ocho años más tarde y ampliando la órbita de su libro anterior se publicaba Sagrada materia, obra que a partir de la evocación de la infancia real incidía en el territorio de la denuncia y en el exorcismo de un conflicto bélico vivido como incomprensible. Muertes, represiones, disparos, sombras de tortura, recuerdos oscuros de la guerra contrastaban en la parte primera con la inocencia y la
JUICIO FINALsimplicidad del mundo de la infancia. Otro elemento, además, iba tomando cuerpo junto a lo testimonial y era ese específico lenguaje ritual que se recreaba en la dicotomía de lo sagrado y de lo profano, tan presente en esta primera etapa que se cierra con Juicio final. En efecto, este volumen ahonda en esos dos ejes contrapuestos y aporta, además, un curioso juego trastocador de espacios y de tiempos que desemboca en una nueva dicción culturalista en donde se funden clasicidad grecolatina, edad media, romanticismo y mundo actual para volver tras dicho recorrido a la desesperanza, a cierto fatalismo en el que razas, pueblos y seres no esconden su congoja mientras el Dios bíblico «piensa en sus hondas parcelas». Los caminos experimentales
MONODÍA Monodia (11) inaugura nuevo ciclo. Casi la totalidad de los críticos que se ocupan de esta cuarta entrega señalan ese «cambio de rumbo», esa ruptura con la trilogía precedente. A mi entender es un libro en que el autor se propone experiencias-límite con su discurso y contrasta ostensiblemente en su diversidad y en su decantación lingüística con la celebración anterior y la confidencialidad de los temas. Es un libro moderno que funda una nueva retórica de la ironía y del juego en una suerte de ultraísmo verbal en el que «la danza del intelecto entre las cosas» a la que se refería Ezra Pound campea aquí llena de
ATENTADO CELESTEatrevimientos, prolongándose en sus dos entregas sucesivas. Los caminos experimentales, francos ya desde Monodía, propiciarían la aparición casi seguida de Atentado celeste (12), una de sus obras más unánimemente ponderadas. En ella la meditación transforma la realidad, la reinventa, la eterniza; tal es el punto de partida del autor, que se siente en posesión definitiva de un lenguaje propio caracterizado por el insistente uso del infinitivo latino, de las formas gerundivas, de las construcciones condicionales, de la suplantación del sujeto directo y del pronombre personal por expresiones perifrásticas de carácter atributivo, junto a la decidida elipsis del artículo. Proceso esencializador que acentuaría el hermetismo que algunos le censuraban. Sultana Whanón estudia conjuntamente ambos poemarios señalando que ese posible desconcierto crítico radica en el ocultamiento del plano real por parte del poeta, plano que se hacía más evidente, más reconocible en textos anteriores (13).
EROS Y ANTEROS Eros y anteros (14) culminará esa tríada segunda en medio de cierta polémica servida por el propio autor que anteponía a sus cincuenta y cinco sonetos una nota en la que hablaba de su entrega en términos de divertimento estival, de «camino vecinal» de su poesía y de «informalidad» por su parte. Dos premios importantes respaldaron el libro, que afronta prioritariamente el tema del amor —desde la órbita conyugal— como eje primordial en torno al cual giran otros motivos secundarios que van desde la reflexión metapoética hasta la exaltación vitalista o la sombra que proyectan la duda y el dolor. Si en la primera fase de su obra se observan los contenidos testimoniales, el conflicto religioso-existencial y sus conclusiones desencantadas, amén de cierto humanismo culturalista, en esta segunda se ha perseguido básicamente la búsqueda experimental y la ruptura a través de una consciente persecución de nuevos caminos, fundamentada en fórmulas expresivas más abstractas y esencializadoras. La apertura a la diversidad
ENTRETIERRAS En 1978 y tras seis importantes títulos en su haber, dueño el poeta ya de una madurez más que probada e inmerso en un proceso creador en el que se suceden sus obras casi a razón de un libro por año, acontece el fallecimiento de su madre. El impacto emotivo que este hecho le produce es tal que necesita volcar tanto sus sentimientos como su reflexión dramática en libro para objetivarlos: así surge Entretierras (15), meditación en torno a la muerte que ahora se canaliza a través de esas nuevas formas depuradas y experimentadas ya con anterioridad. Hermetismo y tradición esotérica afloran referidos al tránsito e inauguran con mejor nitidez una nueva constante —presente antes deforma ocasional— que frecuenta las lindes del ocultismo más riguroso. Pero esta nueva vertiente temática cobrará cuerpo en Las flores de Paracelso (16) que constituye, al par que un tratado de magia encubierto, un homenaje a la Botanica oculta (17) del médico y alquimista suizo, de la que parte como primer referente. No es, a mi entender, el encubrimiento de una nueva reflexión sobre el hecho creador como quiere obsesivamente Sultana Whanón (18), tanto como
LAS FLORES DE PARACELSO un seguimiento crédulo y un acercamiento personal al mundo alquímico, lo que se quintaesencia en estos versos. El trasfondo iniciático reaparecerá más adelante en otros títulos, y es aquí donde asoma de forma natural por primera vez la sincera curiosidad del autor por esta discutida tradición mágica del conocimiento. Anterior en factura a Las flores de Paracelso, Del jazz y otros asedios (19) nace de la experiencia de un viaje de Miguel Fernández a Dinamarca. Música, color, discurso político, sexo y rebeldía en el Wognpoerten Jazz, un local juvenil —casi tribuna con ecos del 68— al que asiste el poeta una noche, dan pie para que se sucedan las composiciones de esta suite, en las que se enfrentan en dramático contraste su atavismo ritual norteafricano con esta otra explosión vitalista y revolucionaria norteeuropea. Tablas lunares (20), libro de cierre de su poesía reunida, alude claramente a una realidad adversa, a una realidad de valores que van marchitándose, contra la que el poeta «propaga sus signos» aun a sabiendas de que no germinarán algunas semillas que en ellos planta para revelación de compatriotas o compañeros de viaje. Su nombre encubre mágicamente esa adversa realidad, dispersa en los títulos de sus poemas. Tríptico vario en estilos estróficos y tratamientos del tema central: la soledad fatal rilkeana; en su segunda parte incluye el discurso «Lamentacion de Dionisio», poema anterior (1976) que el autor actualiza para esta entrega. Se trata, en definitiva, de un libro mayor que ha pasado algo desapercibido al incluirse como inédito en su recopilación hasta 1980. Sin embargo, continúa la línea esotérica de Entretierras y Las flores de Paracelso ahondando en variaciones temáticas antiguas: la dicotomía libertad/condena vital; la redención por la memoria; la contemplación de las ruinas; la salvación a través del poema; la incomunicación; el descrédito de la vida mundana frente al entorno natural v mítico; el legado espiritual: la herencia; el vaho de las cosas que fueron; la sensación de culpa, etcétera. Últimos títulos
DISCURSO SOBRE EL PÁRAMO Estando en proceso de publicación su Poesía completa, aparece en 1982 su entrega número once, Discurso sobre el páramo (21), con el subtítulo de «(Suite de La Florida)». Esta vez su propuesta se convierte en un homenaje a Goya y a su época, que el autor toma como referentes primordiales para derivar luego en una amplificatio de dos de sus temas habituales: la relación traumática del artista con el poder y la reflexión sobre la creación y su capacidad transformadora de la realidad y, en este caso, también de la Historia y del tiempo evocados. Si bien es un texto conectado a sus últimas entregas, abre, no obstante, un paréntesis de silencio, roto sólo por la aparición de la poesía reunida. Hasta 1990 no ve la luz otra obra del autor: Historias de suicidas (22), su primer libro en prosa concebido como un entrecruce de géneros que debe mucho a su maniera poética de asumir la creación.
SECRETO SECRETÍSIMO Ese largo paréntesis al que aludíamos se cumple, por el momento, con los volúmenes aparecidos en estos dos años pasados. A la vista de los mismos no podemos decir que se haya producido una ruptura significativa en la poética de Miguel Fernández y sí un mantenimiento de sus claves expresivas y temáticas Así Secreto secretísimo (23), texto principal de los recientemente editados, insiste en el poema breve con tendencia a la condensación de ideas y a la elipsis de elementos por pura decantación esencializadora. El libro refiere experiencias vitales del poeta y aborda, junto a otros temas reiterativos en su discurso, de nuevo el amor y el paso del tiempo. Un tú que recuerda algunos sonetos de Eros y Anteros reaparece aquí junto a otras reflexiones sobre el creador y la creación. También hay confidencias que vienen desde la propia biografía y temores antiguos: la mudez, la ceguera, la enfermedad, el tránsito… Se trata de un libro en donde el poeta confiesa a voces esos secretos que el pudor de vivir pospuso antes y que ahora, transmutados en versos, afloran envueltos en la sensorialidad de su mejor decir.
FUEGOS DE LA MEMORIA Fuegos de la memoria (24) es una hermosa antología que acoge una recopilación de poemas de temática árabe. Es libro primordial por cuanto nos descubre parte de ese material inédito de los primeros años o de otras etapas intermedias y porque subraya en términos de manifiesto la singularidad de su experiencia de lo árabe, que tanto ha condicionado su obra. La mayoría de los textos que se incluyen son inéditos y revelan la visión pasional de una cultura con la que ha convivido el poeta y que ha sabido interpretar y transmitirnos desde la frontera. Un alegato último, Laocoonte (25), culmina por hoy la obra de Miguel Fernández. Consiste en un poema único que partiendo
LAOCOONTE nuevamente de la pintura, en este caso de un cuadro de Francisco Hernández, perfila la postura ético-estética del autor. El símbolo de la serpiente encarna las atávicas maldiciones —«víbora puerca de las soledades»— y a él se fustiga desde una concepción idealizada que quisiera apartar para siempre el dolor y la incertidumbre. Recado hermético y mensaje encubierto como ha venido siendo hasta aquí la mayor parte de su producción. Una trayectoria que no se ha modificado en lo esencial sino que se ha mantenido, ganando en riqueza y variantes, fundamentalmente fiel a las fórmulas que desde Atentado celeste acuñó el poeta. Su voz sigue interrogándose por la condición humana, y el papel de la poesía y del creador en un mundo en el que se desdibujan los valores y se olvidan estrepitosamente los viejos rituales comunitarios.



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