domingo, 4 de enero de 2009

BABEROS de david gonzalez


mientras celebramos un monton de paginas que david gonzalez haya abierto un nuevo blog, aprovecho desde aqui para dar a conocer uno de los dos relatos que tiene david en el pedazo de libro en las tierras de goliat, practicamete poemario, pero con joyitas como esta, librazo altamente recomendable, pero tu lee, si es que todavia no lo tienes y luego me dices... pero leelo, que para eso me he pegado la currada padre para que tu lo tengas a limpio aqui. y despues ya sabes... pillatelo.





Me agacho a recoger una colilla del suelo. El viento la empuja.
Pero la cazo al vuelo. Encima negro, joder. Ducados. Fuego tampoco llevo, mierda. Ni se ve a nadie a quien pueda pedirle el suyo. O sea, me digo, que no puede ser todavía sábado. Las calles están vacías. El viento frío deshace, y dispersa, sin contemplaciones, los corrillos de cartones, papeles de periódico y bolsas de plástico (de la compra). El viento frío golpea a los pobres, escribió LeRoi Jones, poeta negro, beat al principio, que ahora se hace llamar Amiri Baraka y con el que, por extraño que parezca, comparto espacio, página de hecho, en Hunger, una revista de poesía que se edita en la ciudad de Nueva York.
Entonces, si no es sábado, tiene que ser domingo. Lunes ya.
Hostia. Lunes. ¿Cuándo fue la última vez que me pinché? Insulina me refiero, no me seas mal pensado. ¿ Y a qué hora? ¿Ayer por la tarde a las seis tal vez? ¿Y dónde? Por cierto, hablando de todo un poco: ¿Qué hora será? Temprano todavía. Más de lo que yo me pensaba. Se ven obreros al final de la calle, en la esquina, trabajadores del metal que esperan a que pase a recogerles el autocar de la empresa, y el autocar de la empresa suele pasar a recogerlos entre las cinco y diez y las cinco y media de la mañana.
Este era el turno que menos me gustaba de todos, le digo al currante que pretende (yo me parto) darme fuego con la llama de una cerilla.
Esto de tener que madrugar ...
Me mira, como extrañado, y pregunta: ¿ Trabajaste a turnos?
Por el tono de su voz, sé que daría algo (pero no se atreve) por seguir con el enunciado de su pregunta, que vendría ser, formulado desde el principio, algo parecido a:
¿ Trabajaste a turnos? ¿ Tú? ¿Con esas trazas?
Qué trazas, a ver. Qué trazas. Las habituales cuando uno lleva dos días de farra, drogándose a dolor: pálido, ojeroso, con boqueras, las manos sucias y la ropa con lámparas. Qué trazas quieres que tenga, a ver ...
Sí, le digo finalmente. Casi diez años. Yen la misma empresa que tu.
Pero desconfía, porque me pregunta:
¿y en qué parte? ¿En acería?
No, en acería no, le digo. En laminación.
¿Norte o sur?
Norte.
Entonces conocerás a ...
Pero no da tiempo a más, porque en eso llega el autocar de la empresa y el punto se pone nervioso y:
Tengo que irme, dice. Quédate con las cerillas.
Qué se dice David. ¿Decir de qué? ¿De qué me hablas? ¿Qué me estás contando? Que diga qué ... Ah, ya, eso, esa gilipollez, sí: Gracias, tío, gracias, y que te sea leve, no curres mucho, que luego nadie te lo va a agradecer. FÍJATE EN MÍ. Pero tengo una colilla, una caja de cerillas y algo de guita todavía para tomar otra copa, la espuela. El problema es donde. ¿Qué puede haber abierto por aquí cerca a estas horas? A ver, déjame que piense, déjame pensar ... ¿Y por qué no te vas ya para tu casa? No, calla, a casa no, calla, cállate la boca, déjame que piense, déjame pensar...Ya sé, sí: el Island Baby Sí, el Island Baby ... Seguro que esta abierto. Tiene que estarlo. Fijo... Me trae buenos recuerdos el sitio ese. Una de las últimas veces, por no decir la última, que paré por allí, de doblete como ahora, en un momento dado, el camarero, que no me acuerdo ahora mismo como se llama, pero que es colega mío, aunque hace ya la hostia que no le veo, salió de detrás de la barra, se acerco a la mesa de billar y me dijo:
Aquella tía de allí quiere follarte.
Qué tía,
le pregunté.
Aquella, contestó. La que está donde la máquina del tabaco, dijo, y me señaló a una mulata escalofriante, casi negra, tetona, bastante joven, buen cuerpo, que estaba mirando para nosotros (mejor dicho: que estaba mirándome a mi) y que cuando se dio cuenta de que yo tambien la miraba a ella, lejos de cortarse, empezó a sonreírse, alzó el brazo y me saludó.
¿Te has quedado con la copla?, me preguntó el camarero. ¿Lo has visto?
Sí, le dije. Lo había visto. Como para no haberlo visto, pensé.
Habría que estar ciego. ¿Qué digo? Hasta un ciego lo hubiera visto.
¿Y tu la conoces de algo?, le pregunté.
Está currando, me informó, en un club de alterne y striptease.
Mientras me iba acercando a ella, pues ocasiones como esas no se presentaban todos los días y había que aprovecharlas, clavé la mirada, la calqué, como resulta comprensible, si eres un tío, en su escote, en sus pechos, en cómo latían (lo que, dicho sea de paso, hizo que me acordara de la dueña de un bar, un poco puta como esta, a la que sus clientes le tiraban cacahuetes a ver si conseguían colarle alguno por el canalillo de las tetas), y al hacerlo, al mirarle las tetas a la mulata, pude observar que era casi tan alta como yo, casi, y que el pelo, una melena negra, suelta, le llegaba más abajo de la cintura; y después, al ir a presentarme y acercarme para darle el beso de rigor, apartó la cara ofreció su boca y pude sentir sus labios en los míos.
Unos labios generosos (las putas suelen serlo) que me invitaban, al cabo de nada, si yo quería, y quería, a una copa y a una raya de ya te imaginas qué ...
Unos labios, cálidos, que al cabo de otro poco, de muy poco, me llamaban algo que yo no era, ni tenía intención de ser jamás de los jamases: papito. Sí. Papito.
Unos labios, carnosos, que no mucho después estaban ocupados chupándome, literalmente, y de qué manera, la puta polla, sobre un colchón tirado en el suelo, en un rincón, en el espacio que se reserva para poner la manta del perro, en lo que aquellos labios, carnosos, llamaban, sin embargo, el reservado: un agujero, en el sótano del bar, que hacía las veces de almacén de la bebida y al que uno llegaba, medio mareado, después de bajar por una estrecha, estrechísima, y resbaladiza, escalera de caracol.
Vale ya, le dije. Para. Pero como no me hacía ni puto caso la agarré por el pelo y le tiré de él hacia atrás. Ven aquí, le dije. Ponte ahí. Que te voy a follar.
Tírame más del pelo, me dijo ella. Tírame más fuerte.
Entonces, la voz del camarero descendió por la escalera de caracol y llegó hasta nosotros:
En media hora cerramos.
y a la media hora:
Estamos cerrando.
y luego:
No. Ahí no tienes a nada a qué bajar. Están dándole caña a una tía. Además ya estamos chapando.
Sí, a qué negarlo, me trae unos recuerdos cojonudos el antro ese, como se llame, ¿cómo había dicho que se llamaba? .. , ah, sí, el Island Baby, como la canción de un tema del mierda ese, de Lou Reed, sí; y además si lo sigue llevando mi colega seguro que se lo hace y se
enrolla y me deja medio gramo fiado, a ver ... Nada, a ver nada. No hay nada que ver. Cuando llego, me encuentro conque el Island Baby
Ha cambiado de fachada y de nombre. El que le han puesto ahora no me mola nada, pero nada, así que no pienso malgastar la tinta de mi bolígrafo escribiéndolo. El bar, sin embargo, está abierto, que es lo que importa, aunque a punto de cerrar por lo que veo: las sillas están puestas sobre las mesas, la máquina del tabaco está desenchufada, la mesa de billar a oscuras y el camarero, al que no conozco de nada por cierto, tiene un recogedor en una mano y una escoba en la otra.
ya voy a chapar, me dice, como si yo fuera gilipollas perdido y no me hubiera dado cuenta.
Pero advierto que hay otro cliente. Tiene todavía la copa casi llena. Está mirando la televisión, por la que, me fijo, retransmiten, no sé por qué cadena, ni si es en directo o en diferido, la ceremonia de entrega de los premios Oscar.
La bebo rápido, le prometo.
Hacemos otra cosa, me dice: te la echo en un vaso de plástico y te la llevas. ¿ Te parece bien así?
Bueno
, le digo: entonces ponme Bacardy con Coca-Cola, light si tienes.
El otro cliente, un pequeñajo, me resulta vagamente familiar, le conozco de algo, creo que está trabajando de camarero, escanciando sidra, en un restaurante de la playa. Si es el mismo que yo digo, y creo que sí, que lo es, lo lleva claro el hombre, lo tiene crudo: está enfermo de cáncer, no sé de qué tipo, pero en cualquier caso, según la información que yo manejo, se trata de uno irreversible, terminal.
Una de las peores putadas, me digo, que tu cuerpo, tu propio cuerpo, ese saco de mierda, como lo llamaba mi tía Josefa, te puede hacer. Pero noto que me está dando el bajonazo y pensar en esto me deprime más todavía. Mejor que mire la televisión, desde cuya pantalla, y en la verdadera gloria, con el Oscar en la mano, nos saluda, exultante, el director de cine Pedro Almodóvar.
Aquí tienes la copa, me dice el camarero.
Entonces saco toda la chatarra que me pesa en los bolsillos, hago como que cuento las monedas y luego las dejo caer todas, hasta la última, hasta el último céntimo, sobre la superficie, todavía húmeda (acaban de pasarle la bayeta), del mostrador.
Cuéntalo si quieres, le digo al tío: pero creo que está todo.
Guárdalo, me dice: estás invitado.
No hace falta ser ninguna lumbrera para saber por quién. Alzo el brazo con la copa y sin acercarme, desde donde estoy, a punto de salir por la puerta, saludo al canceroso, momento en que me entra la llorera, porque de repente caigo en la cuenta que si bien es cierto que yo no estoy tan jodido como este tío y toco madera (me toco la cabeza), tampoco es mentira que lo mío, hasta la fecha, y principalmente porque yo me lo busqué, no está siendo, como se suele decir, ningún camino de rosas: diabético, sin trabajo, enfrentado a la familia, silenciado poéticamente ... Me entra la llorera porque de pronto tengo la absoluta certeza (y no me preguntes de donde me viene este repentino conocimiento, revelación si lo prefieres, porque ni yo mismo lo sé), la tengo, la absoluta certeza, de que ninguno de nosotros (y me refiero principalmente al camarero, al canceroso y a mi, ninguno de los tres, saldrá nunca por la televisión (en una local como mucho), que viene a ser lo mismo que decir que ninguno de nosotros tres saldrá nunca de este cuchitril, muy parecido, por cierto, a aquél en el que Almodóvar, con Mc namara, dio comienzo a su carrera artística ... Me entra la llorera porque de pronto tengo el absoluto convencimiento de que no hay nada. En ninguna parte. Nada. Ni antes de la muerte, ni después de ella. Ni nunca. Nada. De nada.
Salgo del bar llorando y entro en casa, una vivienda tipo ciudadela que mejor parece cueva de fieras que habitación para seres humanos, de la misma manera: llorando.
Antes, no obstante, de camino, hice una parada, para beber un trago y descansar un momento, en la plaza de Jovellanos. Mi barrio, el barrio alto, es, como su propio nombre indica, y al igual que mi propia existencia, una sucesión de cuestas, y se me ocurre que las plazas,
plazuelas y plazoletas funcionan aquí, en mi barrio, de igual modo o parecido al de los rellanos de las escaleras de los edificios: como áreas de descanso, para coger aliento y continuar con la ascensión.
La plaza se llama así, de Jovellanos, porque en ella se encuentra la casa natal del gijonés más ilustre, e ilustrado, de todos los tiempos: el poeta Melchor Gaspar Baltasar de Jovellanos, escritor predilecto, dicho sea de paso, de mi progenitor. De chinorri, cuando estudiaba en
El colegio del San Eutiquio, más conocido como Los Baberos (por el
cuello del antiguo hábito de la orden religiosa que lo regenta, la Orden de La Salle), todos los años, al menos una vez, los maestros nos hacían formar en fila india y después nos traían de visita a esta casa, que ya por entonces no era más que un museo al que no entraba casi nadie. Para nosotros, como críos que éramos, la visita consistía, fundamentalmente, en dar brincos y más brincos sobre la ilustre cama de Jovellanos (la misma en que fue sorprendido, y apresado, por el regente de la audiencia de Asturias el 11 de marzo de 1803) hasta que se venía abajo el armazón o se rompían las cuatro patas, una de dos.
¡No hay nada, Jovellanos, tío!, le grité, arrojando mi vaso, con la bebida que quedaba, contra la fachada de piedra de su casa natal. ¡No hay nada, jove, capullo! ¡Nada! ¡Nothing!
En la plazuela de la Fábrica de Tabacos, me tropiezo con el Chicha. El tío este está mal, pero que muy mal, muy enfermo, como para que lo encierren, de hecho no es la primera vez que lo hacen, que lo encierran, ni la última ... Así que si tienes la desgracia de verle venir por la calle enfrente de ti, lo más aconsejable, lo que yo te recomendaría, es que te cambies de acera, y YA: no vaya a ser que le entre la paranoia y coja y te suelte, sin previo aviso, un puñetazo en todos los morros, o te abra la cabeza con una barra de hierro o, como ya hizo una vez, te clave un picachón en mitad de la espalda.
¡Eh, man!, me llama.
¿Qué pasa?, le digo. ¿Qué problema tienes? ¿Querías algo?
Fuego, me dice.
Le paso las cerillas.
Quédate con ellas, le digo.
Entonces me pregunta:
¿ Trescientos euros es mucho dinero?
Depende, le contesto. ¿Para qué lo quieres saber?
Es lo que me van a pagar al mes en un curro que me ha salido.
Entonces es poco, le digo.
Pero en pesetas, me dice, cuánto es.
Casi cincuenta mil, le digo.
¿Tanto?
Su alegría me deprime.

Entro en casa llorando.
No hay nada, chillo. Nada, joder. No hay nada.
La mujer con la que vivo, la mujer que amansa a las fieras, Ángeles de nombre, que no es la mujer de mi vida, como ella misma se ha encargado de repetirme en numerosas ocasiones, se despierta.
¿Por qué das esas voces y esos portazos?, me grita. ¿Estás bien, David? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás llorando?
Porque no hay nada, Ángeles, tía. No hay nada.
Nada de qué, me dice.
De nada, le digo.
¿ y por eso lloras?, sonríe. ¡Pero qué tonto es Dios mío!, se sonríe.
Anda, ven aquí, deja que te ayude a acostarte.
Ya puedo yo, le digo, apartándome de ella, o lo que es lo mismo: echándola de mi lado.
Tienes que medirte antes de ponerte a dormir, me recuerda. ¿Para qué?, le pregunto.
Qué más da si la palmo. ¿Qué importancia tiene? ¿A quién le iba a preocupar?
A mí, me dice.
Ya, le digo. A ti, sí. Ya mi madre imagino.
Y a más gente de la que tú te piensas,
me dice, tratando de animarme.
Si, seguro, lo que tú digas, para que vamos a discutir ... venga, anda, mídete.
La obedezco. Me mido. Espero cinco segundos.
¿Cuánto tienes?, pregunta Ángeles.
Veintisiete, le responde el medidor de glucosa.
¿Eso no es estar muy bajo?, me pregunta.
Solo un poco.
Una hipoglucemia en toda regla, de libro, pero por nada del mundo quiero que se asuste. En estos casos, llegados a estos extremos, lo que se aconseja es ponerse a comer de inmediato, empezando, a ser posible, por el pan y por la fruta.
No te muevas, me dice Ángeles. Quédate ahí en La cama. Pero no te duermas. Voy a prepararte algo de comer, enseguida vuelvo. Pero no te duermas.
No te molestes en hacerme nada
, le digo, porque no me lo voy a comer.
Me trae una bandeja con una taza de café y seis rebanadas de pan
tostado untadas con mantequilla.
Si es poco, o si quedas con hambre, me lo dices y te hago más.
No pienso comer nada, le digo.
David, me dice. Come.
Ya te he dicho que no.
Come.
No.
¡Que comas de una vez, joder!, se desespera.
Que no.
Venga, David. Por favor. Come. Come algo.
No. Y no insistas más, ¿vale?
¿Qué es lo que te pasa, eh? ¿Estás tonto? ¿Quieres morirte? ¿Es eso lo que pretendes? ¿Morirte? ¿Eso quieres?
Acabáramos
, me digo. Sí, tía, acertaste de lleno, como se nota que ya me vas conociendo un poco. Eso quiero, sí. Morirme. Y no es broma, lo digo muy en serio, no vacilo. Es la mejor solución. Morirse.
Y la más fácil también para un diabético: solo necesitas ponerte una inyección de insulina, como la que creo que me puse yo ayer por la tarde a eso de las seis, y esperar ... Aquí no hago nada. En este mundo quiero decir. No hago nada. Daño, si acaso. A mí mismo principalmente; pero también a los demás, con mi carácter, con mi mal genio, con lo que escribo o cuando me ven caminar por la calle con mi bandera de rizos pirata ondeando al ritmo que le dictan mis largas zancadas. Daño, sí. Sobre todo a los que más cerca están de mí, a esas personas que dicen quererme ...
A ti por ejemplo.
Después de lo que considero una espera prudencial (aunque a mí se me haga interminable), y en vista de que no acabo de morirme, decido medir por segunda vez el nivel de azúcar en sangre.
¿Cómo estas?, se interesa Ángeles.
Tiene diecisiete, le dice el medidor.
Lo que me parece raro, sin embargo, lo que resulta muy extraño, inconcebible, incluso sospechoso, es que mi cuerpo no sea capaz de percibir los síntomas que preceden a la tragedia: gusa, temblores, escalofríos, palpitaciones, dolor de tarro, mareos, pinchazos alrededor de la boca, confusión, visión borrosa, convulsiones y finalmente COMA, coma diabético, la muerte. Mi cuerpo, ahora que lo pienso, ahora que caigo, mi propio cuerpo, se ha desentendido de mí por completo, el muy hijo de puta.
Se te esta enfriando el café, me recuerda Ángeles.
Me ha dejado solo, aquí tirado, ese saco de mierda, mi propio cuerpo, hay que joderse, era lo que me faltaba.
Tómate esto antes de que se enfríe del todo, insiste mi novia.
Pero va a saber lo que es bueno este saco de mierda, lo voy a joder vivo, lo voy a joder a base de bien, se va a enterar de una puta vez por todas, como alguno más que yo me sé, de con quién está tratando, de que con David no se juega. Así que cojo una rebanada de pan, la mojo en el café y luego la emprendo a mordiscos con ella, y después hago lo propio con las otras cinco.
Y ahora es mejor ya que te pongas a dormir, me dice Ángeles. Así, dice, ponte cómodo. Deja que te coloque bien la almohada. Deja que te tape yo, déjame hacerlo a mí.
y mientras me pongo cómodo y consiento que Ángeles me coloque bien la almohada, me tape y someta la ropa, no vaya a ser que coja frio, la mañana, una nueva, rompe contra los frágiles cristales de nuestra única ventana con la fuerza de un sol atronador ... Estaba yo equivocado, pienso. ¿Cómo que no hay nada? ¿Quién lo dijo? ¿Quién dijo semejante estupidez? ¿Que fui yo dices? Pues lo repito: Estaba equivocado. Sí lo hay. Algo. Claro que lo hay.
La luz.
Esta luz.
Aunque solo incida sobre ella, sobre Ángeles.

4 comentarios:

BACO dijo...

Gracias por hacermelo leer otra vez.
Un abrazo, Dioni.

Jorge dijo...

Muy buenas paisano! ;)
Blogueando por ahí,me tope con tu blog y me ha parecido muy interesante.Asi que con tu permiso, te enlazo en el mío.
Además el otro día hablé con Marcus y me comentó que tenía pensado venir por Zaragoza para presentar los libros de la editorial y que si te conocía y tal. Asi que nada, un placer haberte encontrado por aquí. Y nos leemos. Un abrazo.
Y gracias por poner este relato tan cojonudo de David González.

Común dijo...

Hola!!!!!!

Que bueno, jamás lo había leido, gracias por compartir........

Un besote y abrazo de oso.

ada dijo...

Pues sí que te has pegado un buen curro...jejeje!!

Oye, que feliz año nuevo y todas esas cosas que yo siempre suelo decir más tarde que a tiempo...y que nos veamos en alguna luna de este año bajo algún verso!!

Bxuss