viernes, 29 de marzo de 2013

La crecida del río


 

Han pasado por fin unos días desde la crecida del río en la ciudad y ya puedo o mejor dicho, ya me dejan, el regreso a mi vuelta a casa particular.

Tendré que quitar la dichosa cinta de la policía y me recordaran mil veces, otra vez, aquello de que si entro ahí será de nuevo bajo mi responsabilidad y que luego no diga que no me avisaron, ellos que son los primeros en sacarme de aquí para llevarme a esa basura de albergue con cualquier excusa.

Y es que manda narices, tantas imposiciones, tantas normas, tantos recortes, tantos horarios, tanta lección de cómo tengo que asearme ecológicamente y en tiempo record.

Señores, vivo debajo de un puente, y de momento estoy acostumbrado a ducharme con agua de sobras.

Y eso sin hablar de las comidas, de las visitas, de todas esas cosas que nos hacen aguantar cuando nos recogen como si realmente les importáramos un bledo…

 -Pobrecito venga conmigo que estamos bajo cero.

- Déjenme al menos coger unos libros y la medicación.

- Vale, vale... es que tenemos prisa, no es usted el único.

Y así es como Charles Bukowski, Raúl Núñez y Pedro Juan Gutiérrez,  se juntan con antiepilépticos, antirretrovirales y algún que otro fármaco en una vieja bolsa de unos grandes almacenes.

La gente me trae libros y yo se los cambio por otros, aunque los que realmente me gustan como todo hijo de vecino me los quedo, también me traen de comer, si de comer, para muchos es como si yo fuera un pato más, les encanta verme poner cara de alegría y decir que estoy en mi día de suerte, cuac cuac cuac cuac, otros me traen de fumar, eso me gusta menos porque así no lo voy a dejar nunca y mira que lo intento, pero bueno, algún vicio pequeño hay que tener…

Luego están los cansa almas que me cuentan sus penas, pero yo agradecido de recibirles, para ellos hago de psicólogo a la perfección, la verdad es que después de todo me considero un tipo con suerte y para nada misántropo.

Pero como decía al principio, lo importante es que el rio volvió a su caudal habitual, así que vuelvo a casa, hasta que me vuelvan a echar de ella, de lo más feliz del mundo, otra vez a arreglarlo todo, a poner los cuatro palos bien y a vivir como mejor pueda.

Antes cuando tenía un trabajo soñaba con ir a ciudades como Nueva York y ver el puente de Brooklyn, al fin y al cabo lo mío era la construcción y todas aquellas gigantescas urbes me fascinaban, pero ahora eso ya es pasado.

Ahora me gusta dibujar y hacer manualidades para luego mal venderlas, porque te paguen lo que te paguen se llevan una pequeña parte de ti y eso no tiene precio, al igual que este puente, que un día me abrió los brazos y me dio el cobijo que necesitaba. Y que necesito. Ya lo creo.